En Washington, el calendario político manda. Faltan menos de ocho semanas para las elecciones intermedias del 3 de noviembre y el gobierno de Donald Trump necesita presentar resultados en materia comercial.
Ese reloj explica buena parte de lo que ocurrió la semana pasada en la relación con México.
Los hechos son conocidos, pero vale la pena ponerlos en secuencia.
El miércoles pasado, la presidenta Claudia Sheinbaum conversó por videoconferencia con el secretario de Comercio, Howard Lutnick, quien no pudo volar a la Ciudad de México para una reunión presencial.
El jueves, Marcelo Ebrard viajó a Washington para reunirse con el equipo del representante comercial, Jamieson Greer. Ese mismo día, el embajador Roberto Lazzeri dijo a Bloomberg que México confía en cerrar antes de fin de año un acuerdo que reduzca los aranceles a automóviles y aluminio, y que hay inversiones en suspenso a la espera de ese desenlace.
El viernes, Reuters publicó, con seis fuentes de ambos países, que los dos gobiernos quieren un pacto bilateral antes de las elecciones intermedias. Previamente, Politico había adelantado un arreglo interino en cuestión de semanas.
Conviene distinguir lo que está en el registro público de lo que es versión periodística.
En el registro está Greer, quien desde julio dijo al Senado que le gustaría tener “al menos algunos arreglos” con Canadá y con México antes de que termine el año, dejando para 2027, y para el Congreso, lo más difícil: reglas de origen automotrices y temas laborales y ambientales.
Está también Sheinbaum, quien el jueves pasado reconoció que “se va avanzando”, aunque advirtió que nada se anunciará hasta que haya acuerdo.
Y está el propio Trump, quien el sábado en Dublín descartó retirarse del T-MEC y afirmó: “Vamos a tener una gran relación con México”.
No se trata de la revisión del T-MEC, sino de algo más acotado: un arreglo interino sobre aranceles, del tipo que Washington ya pactó con Japón, la Unión Europea o Reino Unido. La materia es la Sección 232, sobre la cual se aplicó un arancel de 25 por ciento a los vehículos y 50 por ciento a acero y aluminio, tasas que dejan a los autos mexicanos en desventaja frente a los japoneses o europeos, que pagan 15 por ciento.
El antecedente existe. Antes de que la negociación con Canadá se rompiera el 21 de agosto, Ottawa estaba cerca de obtener un esquema de 15 por ciento para vehículos con una reducción adicional por contenido estadounidense, que llevaría la tasa efectiva a cerca de 7 por ciento, según armadoras.
Greer afirmó la semana pasada que Canadá abandonó un acuerdo casi final que ofrecía mejor trato que a cualquier otro socio. Es el esquema que la industria espera para México.
¿Qué pondría México a cambio? Parte ya está sobre la mesa: el arancel de hasta 50 por ciento a importaciones de países sin tratado, vigente desde enero, y la iniciativa enviada al Senado para revisar por seguridad nacional las adquisiciones extranjeras en sectores sensibles, leída en Washington como respuesta a su preocupación por la inversión china.
Lo que falta es lo más delicado, pero que estaría pendiente: mayor contenido estadounidense en motores, electrónica y software de los vehículos. México rechaza un requisito explícito, como la exigencia de que la mitad del valor de cada auto sea estadounidense, que Ebrard calificó de insostenible, pero hay versiones de que se trabaja en fórmulas para elevar ese contenido, sin que quede como regla escrita.
El colapso canadiense juega en dos direcciones. Por un lado, refuerza la apuesta mexicana de no confrontar y da a Washington un incentivo adicional: cerrar con México antes del 1 de enero, cuando entran nuevos aranceles canadienses, permitiría aislar a Ottawa y atribuirle la falta de acuerdo. Trump mismo marcó el contraste en Dublín: “gran relación” con México; Canadá “nos ha estafado por 50 años” y quiere un acuerdo “desesperadamente”, como Irán.
Por otro, muestra que una negociación casi final puede romperse en una noche. Y no hay que olvidar que la llave de la 232 la tiene Lutnick, quien según Politico rechazó las peticiones canadienses sobre metales y autos. Además, apenas el 4 de septiembre Trump decía que Estados Unidos no perdería nada si dejara de comerciar con México.
La ventana es estrecha: entre la cuarta ronda de conversaciones, que Lazzeri ubica a finales de septiembre, y el 3 de noviembre, es decir, todo indica que un acuerdo podría llegar en octubre… si es que llega.
Si se concreta, el alivio será real para industrias que aporta más del 4 por ciento del PIB y una cuarta parte del PIB manufacturero. Solo en el sector automotriz se acumulan cuatro meses consecutivos de caída en la producción.
Pero conviene tener claro qué se estaría obteniendo: un arreglo ejecutivo, sin texto del tratado y sin el Congreso, tan revocable como los aranceles que sustituye. Comprar tiempo no es poca cosa.
Comprar certidumbre es otra historia, y esa se va a jugar seguramente en otra negociación en el 2027.



