Caro Quintero: La tercera ofrenda de AMLO a Washington

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Los discursos oficiales y triunfalistas que vienen a vendernos a los mexicanos, como siempre tienen una letra chiquita de concesiones o compromisos

Ciudad de México., 18 Jul-22 (Agencia/Salvador García Soto).- En su gira de esta semana por la ciudad de Washington, donde se reunió en la Casa Blanca con Joe Biden, el presidente de México realizó tres ofrendas: la primera la puso a los pies del monumento del presidente Franklin D. Roosevelt, a quien él considera “el mejor presidente de la historia de Estados Unidos”; la segunda ofrenda la colocó frente al monumento a Martín Luther King, el luchador por los derechos civiles de los negros, cuya memoria dio pie al tabasqueño para improvisar un mítin de campaña con migrantes mexicanos en pleno National Mall estadounidense; y la tercera ofrenda de López Obrador a Biden llegó tres días después con la sorpresiva captura del mítico capo del Cártel de Sinaloa, Rafael Caro Quintero.

Nadie con dos dedos de frente podrá pensar que fue una simple casualidad que justo 72 horas después de que el presidente mexicano estuvo en la Oficina Oval, dialogando en privado con su homólogo estadounidense, las fuerzas de élite de la Secretaría de Marina hayan capturado a Caro Quintero, en San Simón, localidad de Choix, Sinaloa, que limita con Chihuahua y con la Sierra Tarahumara —el lugar que siempre fue su preferido para sembrar y producir drogas— después de 9 años que estuvo prófugo para la justicia mexicana y la de los Estados Unidos, que lo consideraba un objetivo prioritario en su lista de ”los más buscados” y ofrecía recompensa de 20 millones de dólares por su captura.

De hecho, desde que Caro Quintero fue liberado en agosto de 2013, en el sexenio de Enrique Peña Nieto, el gobierno de Estados Unidos protestó y reclamó entonces a la administración mexicana por la extraña liberación ocurrida de noche, por órdenes de un juez que argumentó que se violaron los derechos del narcotraficante al debido proceso, porque se le procesó y sentenció como un delito federal. Cuando el llamado “Narco de Narcos” salió del Penal de Puente Grande, donde purgaba una condena de 40 años, supuestamente nadie del gobierno peñista se enteró, sino hasta que ya Rafael Caro se había escondido y regresado a sus orígenes en la región limítrofe entre Sinaloa y Chihuahua, donde rápidamente, unos cuantos meses después ya se le consideraba uno de los nuevos capos que lideraban el Cártel de Sinaloa.

Es obvio que la exigencia de detener y entregar al narcotraficante que fuera el fundador del extinto Cártel de Guadalajara, vino directa desde Washington y se originó en el contexto de la reciente visita del mandatario de México. El gobierno de López Obrador en sus casi cuatro años, nunca informó de ningún operativo de captura en contra de Caro Quintero ni lo manejó como un objetivo prioritario en su estrategia de seguridad federal. De hecho, la política de esta administración ha sido totalmente contraria a la búsqueda y captura de capos del narcotráfico, porque según ha dicho el Presidente, esa política implementada en los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto sólo generó más violencia.

“Me dicen que está mal el que yo hable de abrazos y no balazos. ¿Ustedes creen que solo deteniendo a capos se va a resolver el problema? ¡No! El propósito es atender las causas, y un propósito es quitarles a los jóvenes. Esa es la batalla: dejarlos sin ejército de reserva; claro, no se logra esto de la noche a la mañana, es un proceso, pero ya se comenzó”, decía López Obrador apenas el pasado 24 de septiembre de 2021.

Incluso, unos meses antes, en abril del año pasado, el presidente mexicano justificó y defendió la liberación de Rafael Caro Quintero ocurrida en 2013. Dijo López Obrador en su conferencia mañanera que para él el proceso judicial por el que se liberó al capo estaba “justificado”, porque en 27 años de estar preso los jueces no le habían dictado sentencia, y hasta criticó que después de que se le liberara, el gobierno de Peña Nieto le librara otra orden de aprehensión para recapturarlo. “Una vez que sale, a buscarlo de nuevo porque viene la exigencia de Estados Unidos de que no se debió liberar, pero legalmente procedió el amparo”, señaló López Obrador.

La declaración de AMLO en aquel momento cambió por completo luego que dos meses después de que salió subrepticiamente de la cárcel, la Suprema Corte de Justicia de la Nación decidió por mayoría de ministros revocar el amparo que le otorgó a Caro un Tribunal colegiado de Jalisco, bajo al argumento de que fue correcto y constitucional enjuiciar al narcotraficante en tribunales federales, porque Enrique “Kiki” Camarena Salazar, era un agente de la DEA y en ese sentido estaba protegido por tratados internacionales que competen al ámbito federal.

Ese comentario de López Obrador en 2021 molestó tanto en Washington, que el vocero presidencial, Jesús Ramírez Cuevas, tuvo que salir unas horas después a corregir los dichos y a decir que su jefe, el Presidente, “sólo señaló que es una aberración jurídica que el juez no haya dictado sentencia al señor Caro Quintero 27 años después… pero no defendió su liberación”.

Por eso es difícil creer que la orden y sobre todo la decisión para que ayer un cuerpo de élite de la Marina detuviera a Rafael Caro Quintero en un operativo conjunto con la Fiscalía General de la República en las inmediaciones de la comunidad de San Simón, municipio de Choix, Sinaloa, una localidad serrana que se ubica en los límites con Chihuahua y cercana a la Sierra Tarahumara, donde Caro siempre operó y donde sembraba y producía estupefacientes.

Así que, como siempre suele pasar después de una visita de un presidente mexicano a Washington, los discursos oficiales y triunfalistas que vienen a vendernos a los mexicanos, diciendo que “nos fue muy bien, nos trataron de maravilla y nos concedieron todo lo que pedimos”, como siempre tienen una letra chiquita, como los contratos amañados, de la que no hablan nuestros presidentes y en las que se incluyen las concesiones o compromisos que se ven obligados a aceptar, a cambio de que la Casa Blanca les dé una palmada, una imagen de buen trato, ayudas y programas de apoyo. En esa manía de simular y ocultar, como en la mayoría de los sentidos, López Obrador ya no es para nada diferente a sus antecesores.

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