
Coordenadas.- Por Enrique Quintana
Si los cómputos disponibles al cierre de este artículo se confirman, los demócratas habrán conseguido lo que hace apenas un año parecía improbable. Le arrebataron a los republicanos las dos cámaras del Congreso en la elección intermedia de ayer en Estados Unidos y, con ello, cambiaron la dinámica política de los dos años que le quedan a Donald Trump en la Casa Blanca.
Los conteos preliminares apuntan a una mayoría demócrata holgada en la Cámara de Representantes, y a un Senado construido con triunfos en Maine, Carolina del Norte, Ohio y desde luego Texas, que es una de las victorias demócratas más significativas.
¿Por qué ocurrió? La primera hipótesis es el costo de la vida. El repunte inflacionario de este año, alimentado por la guerra con Irán y por los aranceles, el encarecimiento de las primas de salud y un año fiscal marcado por cierres de gobierno erosionaron el principal activo político de Trump, la percepción de buen manejo económico, y llevaron su aprobación a los niveles más bajos de sus dos presidencias.
La segunda hipótesis combina la inercia histórica con los errores propios. El partido del presidente en turno casi siempre pierde terreno en las intermedias, pero el vuelco del Senado exigía algo más. Lo aportaron candidaturas demócratas probadas en territorio difícil, como las del exsenador Sherrod Brown en Ohio y el exgobernador Roy Cooper en Carolina del Norte, junto con autogoles republicanos, entre ellos la primaria de Texas en la que Ken Paxton desplazó al veterano John Cornyn y le despejó el camino al triunfo del demócrata James Talarico.
¿Qué sigue hacia adentro? La agenda legislativa de la Casa Blanca queda congelada.
El Congreso que se instala el 3 de enero tendrá el poder de los dineros, los comités y los citatorios, y los usará. Vienen investigaciones sobre los negocios de la familia presidencial, el aparato de deportaciones y el manejo de los aranceles, además de un probable intento de juicio político, más simbólico que práctico, porque destituir al presidente exige 67 votos en el Senado. La nueva mayoría también podrá congelar confirmaciones de jueces y funcionarios, incluidas eventuales vacantes en la Reserva Federal.
La respuesta probable de Trump no es un misterio. Diversos medios revelaron el fin de semana que la Casa Blanca llevaba meses preparando un esquema para gobernar sin el Congreso si perdía las cámaras, apoyado en órdenes ejecutivas, declaratorias de emergencia y el veto. No sería una novedad, sino una profundización.
En menos de dos años, Trump ha firmado casi 300 órdenes ejecutivas, un ritmo sin precedente en la historia moderna, y su doctrina del Ejecutivo unitario ha invadido incluso el poder de la bolsa del Legislativo mediante la cancelación de gastos ya aprobados. El pleito de los próximos dos años se mudará, por lo tanto, a los tribunales, el mismo terreno donde la Suprema Corte ya le recortó en febrero los aranceles de emergencia.
Gobierno por decreto de un lado, amparos y citatorios del otro, con la tensión institucional como telón de fondo.
La otra dinámica que se desata desde hoy es la sucesión para el 2028.
Trump se va a convertir en un presidente en retirada. El vicepresidente JD Vance había anticipado que se sentaría con el mandatario después de la elección para hablar del 2028, pero heredar una marca derrotada es más complicado que heredar una ganadora, y un revés de este tamaño reabre la competencia interna republicana.
Enfrente, el campo demócrata se abre de par en par, sin favorito definido y con los ganadores de anoche convertidos en aspirantes instantáneos. La carrera presidencial, en los hechos, comenzó ayer.
Hacia afuera, los mercados suelen convivir bien con los gobiernos divididos, aunque el riesgo de choques presupuestales agrega ruido. En lo comercial, el margen presidencial ya venía acotado por el fallo de la Corte y un Capitolio demócrata difícilmente le devolverá facultades arancelarias.
¿Y para México? Lo inmediato no cambia.
La revisión del T-MEC, convertida en un ejercicio anual luego de que Washington se negó en julio a extender el tratado, seguirá en la cancha del Ejecutivo estadounidense y de la relación entre Claudia Sheinbaum y Trump, igual que los aranceles sectoriales sobre autos, acero y aluminio. Pero el tablero sí se mueve.
Cualquier cambio de fondo al T-MEC tendría que pasar por un Capitolio demócrata que pondrá el acento en lo laboral y lo ambiental, lo que podría hacer una revisión del Tratado más compleja.
Pero un presidente concentrado en defender su legado por decreto puede buscar en la frontera, la seguridad y en los aranceles la fuerza que perdió en las urnas.
México tiene que prepararse para ambas caras de esa moneda.


