viernes, octubre 9, 2026
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Morena frente al espejo

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Reflejo de la crisis morena en un espejo roto
Espejo que representa la crisis morena del partido

 

Sobreaviso.- René Delgado

Quizá sea una crisis de crecimiento, pero la imagen de Morena frente al espejo refleja serios problemas. Mal no harían dirigentes, cuadros y militantes todavía convencidos del proyecto en mirar el movimiento en esa luna y ponderar cómo se encuentra al cumplir quince años.

Por lo que sea, esa poderosa fuerza está llamada a crear condiciones de autogobierno y entendimiento interno, sin estar sujeta a un liderazgo intermitente o un mando titubeante; redefinir su política de alianzas a fin de no enaltecer la extorsión política; revisar el método de selección de sus candidatos, reconociendo que —en tanto opción real de poder— atrae advenedizos en busca de una agencia de colocación; prescindir de quienes la desprestigian; exigir cuentas a los cuadros que encumbra.

Insistir en acumular poder sin darle verdadero sentido, engrosar filas sin depurarlas, ganar elecciones sin conquistar gobiernos, confundir soberbia con humildad y presumir planes como resultados no garantiza al movimiento llegar a la mayoría de edad, así festeje jubilosamente ser un quinceañero.

Ojalá Morena no haga como aquellos políticos que, al no verse reflejados como quisieran, resuelven el enfado rompiendo los espejos.

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La veneración —éxtasis y miedo, diría Octavio Paz— que buena parte del morenismo profesa al expresidente Andrés Manuel López revela inmadurez política como organización.

Los lopezobradoristas actúan volteando a la finca y con el rabillo del ojo a Palacio. Piden guía y permiso sin saber, bien a bien, qué hacer y procurando no irritar ni al uno ni a la otra. Tanto así que, aun sin rima, corean “Es-un-honor-estar… con-Claudia-hoy”, intentando congraciarse con ambos. Sirven a uno, procurando no irritar a la otra, sin tomar por sí solos la decisión. Y, sobra decirlo, cuando un movimiento no trasciende a su líder fundador y se estructura, está perdido.

Sobran ejemplos de movimientos que encumbraron figuras en el poder para luego desaparecer. Ni quien se acuerde de “La República en Marcha”, que llevó al Palacio del Eliseo a Emmanuel Macron, como tampoco de “Aprobación Dignidad”, que colocó en la presidencia de Chile a Gabriel Boric, ni de “Ciudadanos” en España, que ascendió para caer.

Desde esa perspectiva, al morenismo más comprometido con el proyecto que con la personalidad del líder o el mando le convendría plantearse la necesidad de crear condiciones para el autogobierno y el entendimiento interno del movimiento, con el propósito de no depender de una persona. Les cuesta hablar del asunto, pero si no lo hacen, no van a resolver el problema.

Hasta ahora, las dirigencias de Morena han sido, dicho sin ánimo peyorativo, gerencias del partido.

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La falta de una estrategia para legalizar la pretendida cuarta transformación ha llevado a quienes encabezan el movimiento —obviamente, no las dirigencias— a emprender reformas sin ton ni son, elaboradas al ritmo de la emergencia, necesidad o coyuntura en turno, sin calcular su efecto y con gran miopía.

Así, de la Constitución se ha hecho una suerte de taller de patchwork legislativo, presentando el tejido de parches como la ley fundamental del supuesto nuevo régimen y colocando al movimiento además en un apuro: los aliados se han vuelto imprescindibles y, como buenos mercaderes, han hecho de la extorsión política un buen negocio. Tanto así que Morena es el satélite del Partido Verde en San Luis Potosí o el tiro al blanco del sempiterno dirigente del Partido del Trabajo, Alberto Anaya, quien acusa que Estados Unidos influyó en la designación de las precandidaturas a los gobiernos estatales, casi diciendo que el imperialismo no dejó por los lacayos de Morena.

¿Qué destino tiene la regeneración nacional con esos socios?

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Como opción real de poder, Morena corre el peligro de convertirse en una agencia de colocación de políticos advenedizos.

En esa condición, el movimiento está obligado a revisar si la encuesta —método no único, pero sí privilegiado de selección— es el indicado. El hecho que esa fuerza política afronte problemas en nueve de las 17 precandidaturas algo debe decirles, sobre todo, considerando que algunos de los nominados de hoy serán los impresentables de mañana.

Insistir en ese método de selección está deformando la pulcritud y la legitimidad de los candidatos que competirán el año entrante. En aras de la unidad y la política de consolación, la mandataria Claudia Sheinbaum ya abrió la posibilidad de que los derrotados en los estados podrán ser los triunfadores de los municipios, los distritos o los plurinominales. ¡Yeah! Casi grita la joven Andrea Chávez, quien ya hizo suya la postulación a Ciudad Juárez, sin saber qué dice la gente.

A ese método se agrega otro problema, el partido gana elecciones, pero no conquista gobiernos, accede al poder con cuadros que no saben administrarlo y el movimiento o la comisión de horror es incapaz de llamarlos a cuentas.

De los resultados y la fama pública de varios de los gobernadores que Morena ha tenido o tiene, mejor ni hablar.

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El homenaje rendido por Morena a quienes no alcanzaron a ver el resultado de la lucha emprendida quince años atrás contrasta con la galería bastante nutrida de secuaces que hoy la usufructúa. Las ideas y conceptos aportados por los fundadores muertos chocan con los relojes y las cuentas de los muy vivos que se sirvieron de la causa para servirla. Desde hace tiempo, esos vivales deberían estar fuera.

En el contraste y so pretexto de la unidad —rayana en la complicidad—, asombran el silencio y la inacción de los cuadros morenistas que, en verdad, cuidan el legado de quienes les dieron rumbo y sentido, sin inclinarse ni ponerse de rodillas.

Si todavía puede, Morena debería asomarse al espejo y reconocer lo que refleja.

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