
Crónicas del Poder.- Por José Luis Pérez Cruz
-La herencia de las malas obras de Cuitláhuac
Las grandes obras públicas suelen venderse como símbolos de visión y legado. Pero cuando el discurso se estrella contra la realidad presupuestal, esas mismas obras terminan pareciéndose más a edificios apuntalados con recursos de emergencia que a proyectos de planeación sólida.
En Veracruz, el Estadio Luis “Pirata” Fuente y el Complejo Deportivo “Nido del Halcón” son hoy ese espejo incómodo: infraestructura concebida para el lucimiento político que terminó convertida en una pesada herencia financiera.
La actual administración encabezada por Rocío Nahle ha optado por una ruta pragmática: corregir, concluir y hacer funcional lo que recibió inconcluso o mal ejecutado.
Según datos públicos en 2025, el Gobierno del Estado autorizó 221.7 millones de pesos adicionales para ambas obras, una decisión que, aunque inevitable desde el punto de vista operativo, vuelve a poner bajo el reflector los errores de planeación, ejecución y supervisión cometidos durante el sexenio de Cuitláhuac García Jiménez.
Los números son elocuentes.
El “Pirata” Fuente, ejecutado en tres etapas, acumulaba hasta noviembre de 2024 un gasto de 1 mil 694 millones de pesos. Con la ampliación autorizada en 2025, el costo supera ya los 1 mil 800 millones.
El “Nido del Halcón” siguió una trayectoria similar: de una inversión original estimada en 730 millones, pasó a más de 1 mil 73 millones de pesos tras los ajustes recientes. En ambos casos, las cifras rebasaron cualquier proyección inicial y dejaron al descubierto una constante del gobierno anterior: obras anunciadas sin blindaje técnico ni financiero suficiente.
ORFIS CONFIRMÓ IRREGULARIDADES
La fiscalización confirmó lo que ya se intuía.
El Órgano de Fiscalización Superior detectó irregularidades, sobrecostos y posibles daños patrimoniales.
En el estadio porteño, se señalaron pagos por butacas sin visibilidad, módulos comerciales costosos pero defectuosos, y hasta la restauración fallida de un monumento emblemático.
En Xalapa, los retrasos contractuales, los anticipos no amortizados y los incrementos injustificados en conceptos clave evidenciaron una ejecución laxa, cuando no francamente descuidada.
Aquí es donde la metáfora resulta inevitable: las obras heredadas funcionan como un barco con grietas ocultas. El gobierno que las lanzó presumió el casco reluciente; el que llegó después tuvo que achicar el agua para evitar el naufragio.
Nahle no diseñó ese barco, pero hoy es responsable de que no se hunda con pasajeros dentro. Desde esa lógica, la inyección de recursos no es un acto de complacencia, sino una decisión de contención de daños.
Eso no exonera al pasado. La administración de Cuitláhuac García dejó una estela de proyectos emblemáticos con costos inflados, observaciones abiertas y financiamientos opacos, incluso recurriendo a esquemas de deuda de largo plazo y a recursos originalmente destinados a áreas sensibles como educación.
El problema no fue solo gastar mucho, sino gastar mal, sin controles efectivos ni consecuencias visibles para quienes fallaron en la ejecución.
DEVOLVER EL SENTIDO SOCIAL
El desafío para el actual gobierno es doble. Por un lado, cerrar estos proyectos y devolverles sentido social, evitando que se conviertan en elefantes blancos permanentes.
Por otro, marcar una ruptura clara con la lógica que los originó: improvisación, opacidad y culto a la obra como propaganda. La narrativa de “rescatar” no puede convertirse en coartada para normalizar los sobrecostos; debe ser acompañada de transparencia, deslinde de responsabilidades y nuevas reglas de planeación y ahí la FGE debe hacer su trabajo.
En términos de impacto, la corrección de estas obras puede ofrecer resultados tangibles si se logra su operación plena y rentable para la comunidad. Pero el costo político y financiero ya está ahí, y seguirá pesando en la discusión pública.
A futuro, el escenario deseable es que estos casos funcionen como lección institucional: que cada peso adicional invertido sea también una advertencia contra repetir los errores del pasado.
Nahle enfrenta la oportunidad de transformar una mala herencia en un punto de inflexión. Cuitláhuac García, en cambio, queda retratado en los informes y en las cifras: un sexenio donde la ambición de obra superó a la capacidad de gestión.
Entre uno y otro, Veracruz aprende —a un precio alto— que gobernar no es inaugurar, sino prever.
joluperezcruz@hotmail.com
codi0209_Cui2a
Cuitláhuac Garcia Jiménez.




