Por la verdad y la confianza.- Por Zaida Alicia Lladó Castillo: ¿El populismo desaparecerá?

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Zaida Alicia Lladó Castillo

Aquellos que utilizaron el populismo en el mundo -de extrema izquierda o de derecha- como estrategia para agenciarse simpatías y votos en su momento y que estuvieron o están en el poder, hoy se enfrentan al señalamiento y rechazo de quienes en otro momento los erigieron.

Y para muestra sus exponentes. Por el populismo de izquierda podemos mencionar entre otros, Cuba con Fidel y Raúl Castro, Argentina con Yrigoyen y Perón, Venezuela con Hugo Chávez y Nicolas Maduro, Nicaragua con Daniel Ortega, Brasil con Luiz Inácio Lula DaSilva, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y en México con Andrés López Obrador, etc. Entre los populistas de derecha se pueden mencionar a Mauricio Macri en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil, y Donald Trump en los EEUU, siendo sólo algunos ejemplos.

Las diferencias entre el populismo de derecha y el populismo de izquierda estriban básicamente en la génesis ideológica de quienes encabezan esos movimientos sociales y/o políticos, distinguiéndose visiones contrapuestas entre los que comulgan con el conservadurismo ortodoxo o los liberales radicales de pensamiento de izquierda.  Pero en el fondo ambas visiones coinciden en la forma en que capitalizan el “caldo de cultivo”: provocar animadversión en la sociedad hacia los que ostentan el poder, logrando la insatisfacción, señalando a los gobiernos ineficientes, por sus altos niveles de corrupción y una economía estancada que ofrece menos oportunidades de mejora social. Y desde esa perspectiva han construido el discurso maniqueísta, ese que no acepta puntos medios: los buenos contra los malos, los ricos contra los pobres, liberales contra conservadores, etc.

Tanto de derecha como de izquierda, los que encabezaron las luchas populistas se desgarraron en sus orígenes las vestiduras cuando andaban convenciendo a las multitudes -cuando no tenían más que lo que llevaban puesto-, y en sus arengas se proclamaron líderes del pueblo. Hablaron del combate a la corrupción, de darle todo a los pobres asegurando que lo peor era negociar con los poderosos o con los que concentraran la riqueza de un estado o país, que respetarían las libertades individuales y sociales y darían solución a los más graves problemas, etc., y ¿qué paso cuando llegaron al poder?, pues resultaron ser tan malos y abusivos como los peores.

Encabezaron gobiernos ineficientes, polarizaron la sociedad, sus reformas gubernamentales o legislativas desestabilizaron las instituciones, invadieron la competencia de los otros poderes, endeudaron sus países, vetaron la libertad de expresión, se olvidaron del respeto a los derechos humanos, negociaron con la delincuencia y perdieron credibilidad en el ámbito internacional. En suma, decepcionaron y fallaron frente a los ciudadanos que les dieron confianza y dañaron a sus pueblos remitiéndolos a la pobreza y a una nueva forma de enajenación o dependencia frente a la voluntad del gobierno.

Fernández Luiña  cuando hablaba de los movimientos populistas los describía como: “…una expresión social del descontento” … “nacen de regímenes democráticos que se sirven del descontento social para tomar, concentrar y centralizar el poder político, con el objeto de imponer un régimen autoritario y acabar con las libertades…”. Y no se equivocaba. Porque sean populistas de derecha o izquierda, en el fondo son iguales. Poseen una gran carga de inseguridad y de visión acomplejada, por eso buscan el poder para lograr resolver sus objetivos políticos reprimidos y terminan siendo autocráticos y engolosinándose del poder.

Pero justamente es esa radicalización lo que hace, que cuando llegar al poder, se transformen en los que son y comentan serios errores; y el primer error es perder selectividad en la conformación de sus equipos que lleva a integrar gobiernos que se distinguen por la improvisación y la ineficiencia en su gran parte. El líder máximo es tan inseguro, que concentra el poder en su “única persona” y busca intervenir en los otros poderes para dominar todo el escenario, Si lo logran, lo demás es más sencillo: emiten leyes a su favor, eluden el compromiso de la rendición de cuentas, no asumen la responsabilidad de sus errores y el discurso no lo cambian pues la tarabilla de la descalificación, que les sirvió desde sus inicios, es ya su norma.

Y es justamente ese discurso que les fue útil y convincente a los cabecillas, que siente que les seguirá siendo útil, es el que les aproxima al decantamiento. Porque la decadencia empieza cuando se descubre la mentira y el engaño en los hechos. Cuando se descubre la desorganización, la improvisación, la ineficiencia y las nuevas formas de corrupción de esos gobiernos, y es cuando sobreviene el principio del fin de los gobiernos populistas-sean de derecha o de izquierda-.

Luego entonces el fin de estos estilos de gobierno está justamente cuando los ciudadanos toman consciencia, razonan, recuperan su dignidad y se unen para lograr salvar a su país sabiendo que merecen algo mejor.  Y de ahí surge la pregunta ¿el populismo -derecha o izquierda-tiende a desaparecer? Definitivamente sí. Tarde o temprano. A veces mas temprano que tarde.

Y la respuesta está en el resurgimiento del neodemocratismo y el ciudadanismo , de la tercera década del siglo XXI, que algunos autores lo llaman el neopopulismo del ciudadano. El primero, que pretende restablecer el orden social-individual y colectivo-, constitucional y político, de los países que fueron desarticulados, estancados o destruidos por los populistas radicales (derechistas e izquierdistas). El segundo, como el empoderamiento del ciudadano demandante que se une a otros con los que comparte causas comunes, prácticas, discurso y visión.

Este tipo de neodemocratismo y ciudadanismo, no es el que asociamos con las luchas populares del siglo XIX o con el populismo latinoamericano del siglo XX. Es sólo la reacción, en el presente, de los ciudadanos que toman la calle, que actúan con convicción y que saben que la democracia se fortalece cuando se erigen buenos gobiernos, resultado de buenas decisiones a la hora de votar. En este caso, el sujeto ya no es el pueblo, es el ciudadano simplemente. El ciudadano informado, consciente y organizado, preocupado por participar y ser protagonista de la solución de los problemas que le afectan.

La ciudadanización y el neodemocratismo, vienen a ser las nuevas formas de participar en la sociedad con un discurso más plural, honesto, incluyente, orientador a la diversidad, y basado en la verdad. Que recupera el concepto de unidad y de autoorganización. Luego entonces quien desee ganarse la confianza de ese tipo de ciudadano en adelante, tendrá que convencer en la honestidad, el respeto y la capacidad de respuesta de solución a sus demandas. Un democratismo y ciudadanismo que puede ser pacifico pero que cuando se decide , cambia el sentido de los resultados electorales a favor de la nación y no de un proyecto particular. Y eso lo vimos el pasado 3 de noviembre en los EEUU.

Y lo que comento se ajusta también a la descripción del caso México. Y viene a colación, porque en el país habrá elecciones dentro de 6 meses, y ya hay, cada vez más, claras muestras de hartazgo, de decepción, de unificación de fuerzas y de organización ciudadana. Serán tiempos de participación y de decisión. Durante estos meses, dará tiempo de pensar y reaccionar, para en su momento, elegir lo que mejor convenga al ciudadano en lo particular y a la sociedad en su conjunto.

Y los partidos políticos ante este efecto, integrados también por individuos activos, habrán de cambiar también su visión, pues tendrán que estar más centrados en la opinión del ciudadano, de sus causas y del respeto que merecen, pues éste hoy no solo tiene voz, sino que es proactivo y más conocedor de su realidad y de lo que le afecta, lo que dificultará en adelante, que cualquier líder político con aires de “Mesías” pretenda engañarlo o manipularlo para sus propios intereses.

Gracias y hasta la próxima.

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