Año Cero.- Por Antonio Navalón
En la historia secular y en la sabiduría de nuestros pueblos hay una lección que nunca debemos olvidar: la resiliencia es una de las grandes razones por las que sociedades como la mexicana han logrado sobrevivir a sus propias crisis. El humor forma parte esencial de esa capacidad de resistencia. Por eso, cuando los poderes públicos se empeñan en perseguirlo, lo que realmente están demostrando es que están perdiendo la batalla.
Dos reformas chirrían. Dos reformas muestran los miedos del poder. Dos reformas marcan la separación que existe entre aquello que legítimamente se puede regular y legislar, y lo que ocurre cuando el miedo desborda a quienes gobiernan y los convierte no en ilusos, confiados o ingenuos, sino en algo mucho más peligroso: en personas que han perdido el sentido de la realidad.
Todos los gobiernos, en momentos de crisis, han tenido la tentación de ponerle puertas al campo. Todos, en algún momento de su existencia, han querido regular no solamente los comportamientos de los ciudadanos, sino incluso sus pensamientos. La llamada ley contra los memes abre precisamente una discusión sobre esos límites. Una cosa es perseguir el fraude o el uso ilícito de la identidad institucional y otra muy distinta es permitir que esas disposiciones puedan utilizarse para restringir el humor o la crítica política. Confundir ambas cosas sería un insulto a la inteligencia, no una defensa de la juventud.
No entender que una parte fundamental de la resistencia, la resiliencia y la capacidad de supervivencia del pueblo mexicano reside en el humor es no entender la esencia misma de nuestro país.
Y ahora resulta que, en un mundo inundado por la globalización, cuyo tumor se reproduce en todos los ámbitos de nuestra existencia, desde la economía y la política hasta el entretenimiento y las redes sociales, el gobierno mexicano pretende establecer nuevos límites sobre determinados contenidos digitales. Observe bien: una cosa es el insulto, otra es el fraude y otra muy distinta es el humor. La pregunta es quién establecerá esas fronteras y bajo qué criterios.
Pero hay una segunda cuestión todavía más preocupante. Se ha abierto una tremenda puerta para poder llegar a anular, sí, sí, ha leído bien, a anular una elección cuando se acredite que existió una intervención extranjera capaz de influir en sus resultados. Esta posibilidad ya quedó incorporada en el artículo 41 de nuestra Constitución, y sus alcances merecen una discusión mucho más profunda.
Porque, bajo una interpretación suficientemente amplia de lo que significa la influencia extranjera, prácticamente todas las elecciones celebradas en nuestro país podrían quedar bajo sospecha. ¿Qué es exactamente la influencia? ¿Las noticias internacionales, las televisiones, las redes sociales o la utilización de modelos de marketing político desarrollados en otros países? ¿Dónde termina el intercambio de información y dónde comienza una intervención extranjera que pueda justificar la anulación de una elección?
¿Por qué se confunden las tareas de seguridad, inteligencia y vigilancia, e incluso las actividades de militancia política, con lo que debería significar la cooperación internacional para garantizar la seguridad mutua? ¿En qué momento la defensa de la soberanía puede convertirse en un instrumento para cuestionar la voluntad de los electores?
Todo esto y mucho más dibuja el panorama de un miedo cerval. ¿Y sabe usted cuál es ese miedo? No consiste simplemente en que mañana pueda surgir una oferta política distinta de la del partido en el poder, un partido que, por su vocación, trayectoria y ejecutoria, parece aspirar cada vez más a comportarse como un partido único.
El verdadero miedo es que, cuando todo falle, cuando ni siquiera quede abierta la espita del humor, exista la posibilidad de cuestionar el resultado de una elección alegando contaminación, intervención extranjera, pérdida de soberanía o la actuación de cualquier malqueriente de fuera.
Cuando la política llega a ese nivel, abróchese el cinturón. Porque si el miedo desde el poder alcanza semejantes proporciones, estamos condenados a un vuelo lleno de turbulencias.
La gran pregunta que hoy debemos hacernos en nuestro país, después de todas las modificaciones institucionales y del proceso de desgaste al que se ha sometido al antiguo IFE, hoy INE, es si realmente puede ganar una elección alguien distinto de quien ejerce el poder y pretende controlar al árbitro electoral. Porque de poco sirve conservar las formas de la democracia si se debilita la confianza en las instituciones encargadas de garantizarla.
Realmente, hay que entender lo que está sucediendo. Ojalá fuera solamente torpeza. Pero más bien, en estas reformas que marcan la agenda futura, lo que veo es la confesión, en medio de una enorme confusión, de que se ha perdido la capacidad de tomarle el pulso al verdadero sentimiento del país.
Y cuando eso sucede, naturalmente, todo se vuelve confuso y oscuro. Porque si ahora vamos a tener a los de los chalecos y a la división acorazada guinda persiguiendo memes en las redes sociales y, al mismo tiempo, promoviendo juicios dignos de la Santa Inquisición para determinar hasta dónde llega la intervención de fuerzas extranjeras en nuestro país, dígame usted si no estaremos cada vez más cerca de cumplir el sueño de Enver Hoxha.
Naturalmente, es probable que buena parte de quienes hoy participan en las redes sociales no sepan quién fue Enver Hoxha, salvo quizá los albaneses de nacimiento. Fue el dirigente comunista que gobernó Albania entre 1944 y 1985, sometiendo al país a un régimen de partido único, represión política y aislamiento internacional. Una Albania que, en su expresión más caricaturesca, parecía haberse quedado reducida a tres cosas: el Partido Comunista, los comunistas y las cabras.
En conclusión, déjense de perseguir fantasmas. No le tengan miedo a gigantes que, en realidad, son molinos de viento. Aseguren su narrativa, pero, sobre todo, no pierdan el tiempo explicando que la lucha entre neoliberales, derechas e izquierdas es la que termina llevándose por delante al pueblo.
Porque lo que de verdad se lleva por delante al pueblo no son las diferencias ideológicas, sino los gobiernos inmorales e incompetentes.



