miércoles, junio 3, 2026
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Seguridad sin brújula

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Cuando la ciudadanía asume tareas de seguridad sin respaldo institucional, el riesgo de confrontaciones y errores se multiplica. No debería ser la norma, sino la última señal de alerta para las autoridades
Cuando la ciudadanía asume tareas de seguridad sin respaldo institucional, el riesgo de confrontaciones y errores se multiplica. No debería ser la norma, sino la última señal de alerta para las autoridades

Crónicas del poder.- Por José Luis Pérez Cruz

– Coatzacoalcos a la deriva; cristalazos y robos

– Los delincuentes ya no se esconden en la noche

– En Allende, ciudadanía asume tareas de vigilancia

La seguridad pública en Coatzacoalcos parece haber extraviado su brújula. No hay un rumbo claro, ni una estrategia visible, ni protocolos que permitan medir si las decisiones están funcionando o si, por el contrario, se navega a ciegas. El resultado es un escenario donde la improvisación sustituye a la planeación y la presencia policial se vuelve más espectáculo que solución.

Un ejemplo revelador —aparentemente menor, pero profundamente simbólico— ocurrió la noche del domingo, cuando una camioneta volcó frente al Holiday Inn. Al sitio arribó una patrulla de la Policía Municipal, levantó datos y resguardó el área. Minutos después, sin que mediara una emergencia mayor, llegaron cuatro patrullas más: municipales, estatales y de otras corporaciones. ¿Para qué? Para hacer exactamente lo mismo que ya estaba haciendo la primera. Mientras cinco o seis unidades se concentraban en un solo punto, amplias zonas de la ciudad quedaban sin vigilancia.

Ese tipo de despliegues no es coordinación: es desperdicio de recursos. Es como apagar una vela con una cubeta entera de agua mientras la casa empieza a arder en el cuarto de al lado.

La pregunta es inevitable: ¿no hay un mando que determine cuándo un incidente ya está atendido y cuándo las demás unidades deben permanecer en su zona? Si por accidentes menores convergen tres, cuatro o cinco patrullas, algo está fallando en la cadena de mando.

La consecuencia de esta falta de estrategia se refleja en lo verdaderamente grave: el repunte de delitos cotidianos que erosionan la tranquilidad ciudadana.

Los llamados “cristalazos” han regresado con fuerza en colonias como María de la Piedad y el centro de Coatzacoalcos. Videos difundidos por vecinos muestran a sujetos solitarios operando con total impunidad durante la noche y la madrugada. Observan, calculan, rompen el cristal y huyen en cuestión de segundos. No hay patrullajes disuasivos, no hay reacción inmediata, no hay seguimiento.

REALIDAD, NO PERCEPCIÓN

El caso documentado el 15 de enero en el cruce de Melchor Ocampo y Zamora es ilustrativo: un delincuente revisa un vehículo, rompe la ventanilla del copiloto, sustrae pertenencias y desaparece. Días después, otro hecho similar ocurre en la avenida Llave, en pleno centro, alrededor de las 3:41 de la mañana.

El modus operandi se repite, la impunidad también. Las recomendaciones oficiales de “no dejar objetos a la vista” suenan huecas cuando el mensaje implícito es que el espacio público quedó sin guardianes.

A esta ola de robos se suma la situación en Villa Allende, donde el delito ya no se esconde en la noche. Robos a casa-habitación se cometen a plena luz del día, con al menos cuatro atracos recientes en la colonia Vicente Lombardo Toledano.

Los vecinos identifican un patrón claro: los delincuentes llegan en un automóvil específico, aprovechan la ausencia de los propietarios y vacían las viviendas. Televisores, dinero, electrodomésticos, tanques de gas. Todo, sin que una patrulla interrumpa la escena.

PÉRDIDA DE CONFIANZA

Frente a la ausencia del Estado, surge la organización ciudadana. Comités de “Vecino Vigilante”, rondines vecinales, silbatos, lonas, lámparas compradas con recursos propios. Es una respuesta comprensible, pero peligrosa. Cuando la ciudadanía asume tareas de seguridad sin respaldo institucional, el riesgo de confrontaciones y errores se multiplica. No debería ser la norma, sino la última señal de alerta para las autoridades.

El impacto de esta desarticulación es claro: pérdida de confianza, miedo cotidiano y normalización de la delincuencia. Si no se corrige el rumbo, el escenario futuro es preocupante. La dispersión de patrullas en incidentes menores y la ausencia en zonas críticas puede escalar de robos patrimoniales a delitos más graves. La seguridad no se mide por cuántas unidades llegan a un punto, sino por cuántos delitos se previenen. Los blindajes son discursos hasta ahora.

Coatzacoalcos necesita recuperar la estrategia: planeación basada en datos, protocolos claros, mando efectivo y patrullajes inteligentes, algo en lo que se había avanzado. De lo contrario, la ciudad seguirá navegando como un barco sin timón, donde mucho movimiento no significa progreso, sino deriva. Y en materia de seguridad, la deriva siempre se paga caro.

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